|
En boca un vino debe confirmar las sensaciones anteriores y además mostrarse equilibrado y redondo. No es mejor el más concentrado, el de más color, o el más tánico, sino aquel que se percibe como un conjunto armónico de todos los sabores. Los cuatro sabores básicos, son el dulce, el ácido, el salado y el amargo:
El sabor dulce se deriva de los azucares de la fruta y del alcohol del vino.
El ácido se desarrolla a lo largo de la fermentación.
El amargo, se deriva de las sustancias tánicas y de los polifenoles del vino, y puede ir acompañado de astringencia.
Y finalmente los salados son los que otorgan estructura al vino.
Según la proporción en que aparezcan los cuatro sabores básicos hablaremos de la redondez del vino, si además la percepción de estos es amplia lo calificaremos como sabroso o carnoso. En segundo lugar tenemos que hablar del tacto bucal, con el que se perciben la suavidad, y untuosidad, como elementos positivos, o la rugosidad y la astringencia del vino, como factores negativos. En tercer lugar analizamos la via retronasal. Haremos borbotear el vino en boca y una vez tragado o escupido, expulsaremos el aire por la nariz, si durante un tiempo, percibiremos las mismas sensaciones es de larga retronasal.
Y por ultimo hablamos de sensación final, que puede ser: ácida, tánica, etc. Si esta sensación final, no existiese, hablaríamos de un vino franco. Por el contrario, a veces, en la sensación final aparece un mal gusto, entonces hablaremos de postgusto por ejemplo a suciedad, herbáceo.
|